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Psicología

Los 3 tipos de perfeccionismo, y cómo nos afectan

Existen diferentes maneras de ser perfeccionista, y sus efectos psicológicos difieren mucho

El ser humano siempre ha sido un animal muy competitivo, pero las circunstancias en las que vivimos parecen estar acentuando este rasgo. Las crecientes exigencias que se nos imponen en áreas tales como la académica o la laboral dan buena cuenta de ello, auspiciando un afán de superación insaciable y agotador.

La sociedad incentiva la consecución del éxito y la ambición desmedida, e incluso multitud de padres y profesores trasladan directamente tal mensaje a los niños prácticamente desde que llegan a este mundo, por lo que se desarrollan mecidos por la voluntad de “sobresalir” en las facetas que juzgan como más relevantes.

Esta es la “semilla” del perfeccionismo, que se planta en el terreno fértil de un entorno que lo promueve, y que se alimenta de mensajes que vamos recibiendo a lo largo del tiempo. Al final brota una tímida planta que orienta sus ramas a la fugaz luz de la aceptación (propia o de los demás), pero que no tarda en crecer y devenir una enredadera de la que resulta muy costoso desembarazarse.

El objetivo del presente artículo es ahondar en los tipos de perfeccionismo que se han podido clasificar, y en el modo en que se expresan. Al final, también se hará una somera revisión de las características básicas del perfeccionismo desadaptativo. Con ello se busca comprender una problemática que cada día afecta a más personas.

¿Qué es el perfeccionismo?

El perfeccionismo es un atributo que suele ser entendido de dos formas muy distintas: o bien como una virtud que conduce a la excelencia, o bien como un defecto que nos arrastra hasta la frustración y el fracaso. Se expresa como la determinación de altos estándares personales que pueden llegar a ser difíciles de alcanzar; o como la tendencia a evaluar, a uno mismo o a los demás, de un modo enormemente crítico y negativo. Todo ello acaba traduciéndose en la hipervigilancia ante cualquier posible error, lo que disminuye la espontaneidad de nuestras acciones.

Pese a que el perfeccionismo no se considera por sí mismo un rasgo patológico, sí que se ha podido comprobar su contribución como factor de vulnerabilidad a múltiples psicopatologías; entre las que resaltan las del estado de ánimo, las de ansiedad y las alimentarias. Y es que el perfeccionismo desbocado puede implicar una rigidez extraordinaria, que condiciona la vida y las emociones hasta el extremo de “dañar” a quien lo hace suyo. Desde la total incapacidad para reconocer la falibilidad (propia y/o ajena), hasta el bienestar supeditado al control de uno mismo o a la hipervigilancia; todos son ejemplos muy frecuentes de las tendencias nocivas del perfeccionismo clínico.

Por otra parte, también existen autores que no conciben el perfeccionismo como un problema o inconveniente, al menos cuando se ajusta a una serie de parámetros. Así, se han descrito formas adaptativas y desadaptativas, según el modo concreto en que interactúan las metas y las preocupaciones. Cuando ambas son altas, surge una imposición exagerada que torpedea el proyecto vital, pero si se concilian objetivos ambiciosos con una forma sana de abordarlos se alcanza un equilibrio constructivo. En este caso se hablaría de la modalidad adaptativa.

Las investigaciones sobre esta última cuestión confirman que el perfeccionismo adaptativo se vincula con una intensa sensación de plenitud respecto a la existencia, y que también se alza como un factor de protección ante problemas emocionales muy diversos. El perfeccionismo patológico, para el que convergen altas metas y preocupaciones (ambas), se relaciona con lo opuesto: la insatisfacción vital y el aumento de riesgo para el sufrimiento psicológico.

Además de esta distinción entre adaptativo y desadaptativo, el perfeccionismo también se ha clasificado en tres subtipos según la forma en que se manifiesta. Vamos a conocerlos un poco mejor.

Tipos de perfeccionismo

Se han descrito tres formas de perfeccionismo distintas, en función de quién es el que recibe su influjo (uno mismo o los demás) y el origen de las exigencias autoimpuestas. No resultan mutuamente excluyentes, y es probable que la misma persona presente varias a la vez. En lo sucesivo se ahondará en sus características y sus efectos.

1. Auto-orientado

El perfeccionismo auto-orientado es el que se asemeja en mayor medida a la idea que se suele tener sobre qué es este rasgo. Implica la imposición férrea de objetivos y métodos a los que es preciso adherirse para desempeñar las tareas en las que se asume responsabilidad, y a partir de los cuales se alza la imagen que se tiene sobre lo que somos. Es por ello que, en este supuesto, el criterio de autoevaluación se ubica en un punto inasumible; aunque solo se aplica al sujeto que presenta el atributo, y no a los demás.

Cuando este rasgo se relaciona con una baja preocupación, y por tanto es adaptativo, suele conducir a un rendimiento extraordinario. Pero si cursa con reacciones emocionales difíciles puede condenar a quien lo “padece” a estados constantes de desesperación, y a una escasa autorrealización personal, con independencia de los logros alcanzados.

2. Orientado hacia otros

En este caso, el perfeccionismo implica reglas que no se aplican al que las diseña, sino que se proyectan únicamente a su entorno social. Quienes presentan este subtipo imponen a los demás cómo deben actuar, exigiendo niveles de desempeño que llegan a ser abrumadores y generadores de estrés desbordante. En tal caso se suele asumir, con motivo o sin él, una posición de privilegio que evoluciona a tiranía y que no se rige por principios democráticos. Es común en trastornos de la personalidad del clúster B, como el narcisista o el antisocial.

En su versión adaptativa (que carece de todo componente ansioso), se añade el matiz de la empatía emocional a las relaciones con otros, de lo que se desprende una buena capacidad de liderazgo. No obstante, se requeriría cierta horizontalidad en la comunicación, pese a que se mantenga una clara estructura jerárquica.

3. Socialmente prescrito

El perfeccionismo socialmente prescrito es un subtipo que se vincula estrechamente con la ansiedad interpersonal. En estos casos, quien convive con él asume altos estándares sin que surjan por propia iniciativa, sino más bien por la creencia de que es lo que otros esperan de él mismo. Supone dos procesos distintos: una percepción errónea de las expectativas ajenas y una actitud de obediencia ante las mismas. Este perfeccionismo se relaciona con una baja asertividad, así como con un pánico cerval al abandono o al rechazo.

De todos los subtipos aquí descritos, es el que más frecuentemente precipita problemas en el área de la salud psíquica, sobre todo cuadros ansiosos. También suele ser el sustrato social de trastornos de la personalidad incluidos en el clúster C, especialmente el dependiente.

¿Cómo se expresa el perfeccionismo desadaptativo?

A continuación revisaremos las características básicas del perfeccionismo desadaptativo, o lo que es lo mismo, el modo en que se expresa y se padece. Es en este caso en el que se habla del rasgo como un problema que requiere de atención clínica, dado que sus consecuencias pueden ser dramáticas para la salud afectiva y la calidad de vida.

1. Altos estándares

Las personas extremadamente perfeccionistas trazan para sí mismas objetivos muy elevados y a veces difíciles de alcanzar a corto plazo, lo que suele convertirlos en un motivo común de frustración y dolor. Se extienden a casi todas las áreas de funcionamiento cotidiano, aunque son especialmente habituales en la laboral y la académica.

Se trata, a la postre, de “modelos ideales” de conducta/pensamiento que restan naturalidad y añaden un componente forzoso a las actividades del día a día. La forma en la que la persona se percibe a sí misma y a sus destrezas prácticas (autoestima/autoeficacia) estaría asociada con tales normas subjetivas, dañándose como una consecuencia directa de su insatisfacción.

2. Preocupación por cometer errores

Las personas extremadamente perfeccionistas suelen mantener una vigilancia constante ante la posibilidad de incurrir en algún error, lo que les impide disfrutar por entero de aquello a lo que dedican el tiempo. Si bien es común cierto grado de cautela para que el resultado de una acción sea óptimo, su exceso conduce a una comprobación recurrente que no produce una mejoría objetiva en el producto final, pero sí el sacrificio de muchos recursos cognitivos y una insondable sensación de que algo “no está del todo bien”. Al final del proceso, el énfasis en lo negativo supera la apreciación de lo positivo.

3. Altas expectativas

Las personas perfeccionistas esperan que los resultados de sus actos sean equivalentes a la inversión que realizan, obviando en el proceso todas las variables confundentes que pueden contribuir a estos. Debido a que el mundo no siempre es justo en la forma en que dispensa recompensas/castigos, no es extraño que las consecuencias desfavorables se interpreten como un fracaso inadmisible que atenta contra la autoimagen. Y es que tiende a existir una férrea atribución interna, estable y general de las cosas negativas que suceden; motivo por el cual muchas veces les resulta difícil trabajar en grupo (puesto que es un contexto donde no controlan todo).

4. Estilos de crianza

La revisión de la historia de vida de la persona excesivamente perfeccionista suele conducir a un patrón de interacción familiar caracterizado por la rigidez y el refuerzo restringido al logro. Se trata de estilos marcados por la rectitud y las exigencias extremas; en los que se suelen obviar las conductas positivas, pues se juzgan como “lo normal”. La desviación respecto a un estándar ejemplar impuesto por los padres, a veces sin detallar ningún porqué, trae consigo penalizaciones de todo tipo. A medida que el tiempo transcurre, estas normas se integrarían como propias y condicionarían el modo en que la persona se trata a sí misma.

5. Dureza en el juicio sobre uno mismo

Todas las personas abrazamos un discurso en nuestro fuero interno respecto al modo en que suceden los acontecimientos. Por ejemplo, en una situación difícil podemos intentar avivar nuestras fuerzas de superación diciéndonos cosas tales como “seguro que todo sale bien” o “no es tan grave como parece”.

No obstante, quienes son excesivamente perfeccionistas se encuentran siempre ante la coyuntura de una labor titánica, que requiere la inversión masiva de todas sus energías. Es por ello que cuando no se logra el propósito esperado, su discurso deviene extremadamente nocivo para la vida interior (disonancia entre esfuerzo-resultado). Cuando se logra, en cambio, solo se observa silencio mental o alivio pasajero.

6. Exceso de organización

El perfeccionismo desadaptativo se traduce en una percepción negativa de los problemas que concurren en la vida diaria, que son valorados como una amenaza a la imagen que se desea para sí mismo. Esto supone un riesgo de que se produzca una discrepancia entre el yo ideal y el yo real, la cual se interpretaría de forma absolutamente catastrófica. Con el objetivo de evitar tal circunstancia, se suele optar por una preparación previa exhaustiva; esto es, por un exceso de organización y planificación. Es por ello que actividades que otros desarrollan sin dificultad pueden hacerse “cuesta arriba” para quien convive con este rasgo.

Sobre el autor

Ileana Gionco

Ileana Gionco

autodidacta, amante de los desafíos, diplomada en ventas,mamá de dos varones y lectora asidua.

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