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Ni Una Menos, once años después: cuando el nombre de Agostina nos obliga a mirar de frente

Hay fechas que nacieron como una protesta y terminaron convirtiéndose en una herida abierta. El 3 de junio es una de ellas. Cada año, miles de personas vuelven a salir a las calles bajo una consigna que ya forma parte de la identidad argentina: Ni Una Menos. Y aunque pasaron más de diez años desde aquella primera movilización histórica, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué todavía es necesario seguir gritando lo que debería ser una obviedad?

La respuesta aparece una y otra vez en los titulares de los diarios, en las noticias que conmocionan al país y en las historias que nunca deberían existir. Este año, el nombre de Agostina volvió a ponerle rostro a una realidad que duele. Una adolescente con toda una vida por delante, con sueños, proyectos, amigos, una familia y un futuro que le fue arrebatado de la forma más cruel.

Y quizás allí radica la verdadera tragedia. Porque cuando escuchamos estos casos solemos detenernos en los detalles de la investigación, en las hipótesis o en las novedades judiciales. Sin embargo, detrás de todo eso hay algo mucho más profundo: una vida que ya no está. Una habitación que quedó vacía. Una madre que nunca volverá a escuchar la voz de su hija. Amigos que crecerán recordando a alguien que debería haber estado compartiendo cada etapa de sus vidas.

Hay algo particularmente desgarrador en los casos que involucran a adolescentes. Tal vez porque representan el momento en que la vida recién empieza a desplegarse. A los 14 años se sueña con el futuro. Se imaginan profesiones, viajes, amores, amistades y proyectos. Nadie debería estar pensando en despedidas cuando todavía queda tanto por vivir.

Por eso, cuando ocurre una tragedia de estas características, no alcanza con la conmoción momentánea. No alcanza con la indignación que dura unos días en redes sociales. Tampoco alcanza con repetir frases de dolor mientras esperamos que la noticia sea reemplazada por otra. Lo verdaderamente difícil es sostener la reflexión cuando las cámaras se apagan.

Ni Una Menos nació justamente para eso: para impedir que la violencia contra las mujeres se convierta en una estadística más. Para recordarnos que detrás de cada número hay una persona. Un nombre. Una historia. Una ausencia.

Sin embargo, once años después, seguimos asistiendo a una realidad que nos enfrenta a nuestras propias contradicciones. Porque como sociedad solemos reaccionar con horror cuando ocurre un crimen, pero muchas veces ignoramos las señales previas. Seguimos naturalizando ciertos comportamientos, minimizando determinadas situaciones o considerando “normales” conductas que, en realidad, forman parte de una cultura que todavía tiene mucho por revisar.

La violencia rara vez aparece de golpe. Generalmente comienza de maneras mucho más sutiles. En el control disfrazado de preocupación. En los celos que se justifican como amor. En las humillaciones que se toman como bromas. En los silencios impuestos. En los miedos que se esconden. En las situaciones que muchas veces se normalizan porque “siempre fueron así”.

Y cuando finalmente ocurre una tragedia, todos nos preguntamos qué falló.

Tal vez la respuesta sea incómoda porque no apunta a una sola persona ni a una sola institución. Nos involucra a todos. A las familias, a las escuelas, a los medios de comunicación, a la Justicia, a la política y a la sociedad en general. Nos obliga a pensar qué estamos enseñando sobre el respeto, los vínculos, la empatía y el valor de la vida humana.

También nos enfrenta a otra realidad dolorosa: la costumbre.

Existe un riesgo enorme cuando los casos de violencia se vuelven frecuentes. El riesgo de acostumbrarnos. El riesgo de pensar que son hechos inevitables. El riesgo de leer una noticia terrible y continuar con nuestra rutina como si nada hubiera pasado.

La indiferencia es peligrosa porque adormece. Porque transforma el dolor ajeno en algo lejano. Porque hace que una tragedia deje de conmovernos.

Por eso, cada vez que una nueva víctima ocupa los titulares, es importante recordar que no estamos hablando solamente de un hecho policial. Estamos hablando de una persona. De alguien que tenía una vida completa por delante. De una historia que merecía continuar.

El caso de Agostina nos golpea precisamente por eso. Porque nos recuerda la fragilidad de la vida y la responsabilidad colectiva de construir una sociedad más segura, más consciente y más comprometida. Nos recuerda que todavía queda mucho trabajo por hacer y que la lucha contra la violencia no puede depender únicamente de una fecha en el calendario.

Ni Una Menos no es solo una marcha. No es solamente una consigna ni una bandera. Es un llamado permanente a no mirar hacia otro lado. A escuchar. A acompañar. A educar. A intervenir cuando algo no está bien. A entender que ninguna forma de violencia debe ser minimizada.

Quizás el verdadero homenaje a quienes ya no están sea precisamente ese: negarnos a aceptar la violencia como algo normal. Negarnos a naturalizar el dolor. Negarnos a creer que estas historias son inevitables.

Porque cada mujer asesinada deja una ausencia imposible de reemplazar. Porque cada adolescente que pierde la vida deja un futuro truncado. Porque cada familia que atraviesa una tragedia así carga con un dolor que dura mucho más que cualquier noticia.

Y porque mientras siga existiendo una sola historia que termine de esta manera, el grito seguirá siendo necesario.

Un grito que no habla solamente de las que faltan, sino también de las que están. De las que merecen crecer, soñar, caminar libres y volver a sus casas sin miedo.

Un grito que, once años después, continúa recordándonos algo tan simple como fundamental: ninguna vida debería perderse por la violencia.

Ni una menos. Ni una más. Nunca más.