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Mindfulness. Recetas contra el estrés espiritual

Aquí y en todo el mundo, se busca remediar el dolor existencial, ante una época signada por el vértigo alienante. A través de la meditación y el cuidado de sí, existen intentos genuinos de alcanzar un equilibrio entre mente y cuerpo. Pero esta filosofía también es interpretada como técnica para lograr mayor productividad laboral.

Nadie nunca está totalmente en paz. En la cima de su popularidad, en 1968, los Beatles viajaron a la India buscando las enseñanzas del iluminado gurú Maharishi Mahesh Yogi, con el anhelo de escapar, a través de la meditación trascendental, de las trampas del ilusorio mundo material al que se sentían encadenados. Años más tarde, el cantante y poeta Leonard Cohen, quizás asqueado de la fama y sus espejismos, se convirtió en un monje zen contemplativo y se enclaustró por cinco años en un monasterio budista de Los Ángeles. Hoy no hace falta viajar tan lejos para intentar conseguir un poco de serenidad mental o algo de sosiego para el espíritu.

Aparentemente, para lograrlo, uno de los senderos a recorrer es el del Mindfulness. Un término que circula desde hace años en grupos dedicados a la práctica de la meditación. Para muchos tiene la resonancia de un arcano, una verdadera terra incognita. Mindfulness significa prestar atención, de forma deliberada, en el momento presente, y sin juzgar. “Es una disciplina de base científica que logra, a través de su práctica sostenida, disminuir los niveles de ansiedad y de estrés que generan gran cantidad de enfermedades en el mundo. Es también un modo de estar y percibir el mundo conectados con el único momento real: el presente”. Así lo define, en su sitio Web Visión Clara, uno de los centros de referencia e introductor de esta práctica en la Argentina desde 2000, a través de su fundadora, codirectora y docente Clara Badino, que además, desde 2010, forma a instructores.

El origen del método está ligado al biólogo molecular y médico estadounidense Jon Kabat-Zinn, que desarrolló el “Programa de Reducción de Estrés basado en Mindfulness” en 1979, configurando de este modo una disciplina con fundamentos en el budismo, pero que se ha depurado de cualquier resabio de religiosidad o misticismo.

“Este tipo de atención plena permite desarrollar mayor conciencia, claridad y aceptación de la realidad del momento presente. Nos ‘despierta’ para que podamos darnos cuenta de que nuestras vidas solo se despliegan en momentos. Si durante la mayoría de esos momentos no estamos plenamente presentes, es posible no solo que nos perdamos aquello que es más valioso de nuestra vida, sino también que no nos percatemos de la riqueza y la profundidad de nuestras posibilidades de crecimiento y transformación”, argumentó, en una entrevista, Kabat-Zinn. El Mindfulness ganó terreno y devino en una práctica que tiene millones de adherentes en todo el mundo –famosos como Hillary Clinton, Rafael Nadal, Penélope Cruz, Oprah Winfrey y Jennifer Aniston, entre otros– y, por supuesto, también detractores empeñados en valorarlo como una técnica no del todo eficaz. O, en todo caso, como una sobreestimada en sus virtudes terapéuticas verificables.

“La práctica de Mindfulness es beneficiosa para el manejo del estrés y la ansiedad, para los casos de dolor crónico, para mejorar el cumplimiento del tratamiento y la reducción de síntomas en enfermedades crónicas y en cuadros de depresión y trastornos bipolares. Y más allá de estas afecciones, ofrece una herramienta para evitar o reducir la impulsividad, tolerar mejor la incertidumbre, minimizar el impacto negativo en una crisis situacional o madurativa, disminuir distracciones y aumentar la concentración”, explica la psicóloga e instructora de Mindfulness, Margarita Aulicino, autora además de una colección de fascículos dedicados a esta disciplina. Y agrega: “Mindfulness ayuda a que antes de ponernos en marcha para ‘hacer’ podamos adoptar una posición de observadores, a la vez plenamente comprometidos con la experiencia del momento”.

En la Argentina prospera un gran número de centros de Mindfulness pero uno de los lugares donde se le ha otorgado estatus médico es en el Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), presidido por el neurólogo Facundo Manes, que ha sostenido en sus artículos que “dentro de las diferentes formas de meditación, el Mindfulness es una técnica que se utiliza con fines terapéuticos y que ha ganado un creciente interés dentro del ámbito médico y psicológico”. Derivado de las antiguas tradiciones del Oriente, se la conoce también como la “meditación científica” tras su sistematización y desarrollo por parte de Kabat-Zinn, que adaptó su formato “para hacerlo compatible con nuestro contexto de vida occidental e inauguró una tendencia de someter a la investigación científica sus efectos y mecanismos”, destacó Manes.

Entre los críticos del Mindfulness se cuenta el practicante de zazen (meditación sentada), sociólogo y poeta Alberto Silva. Su postura es tajante: “Noto desde hace años un claro colaboracionismo del Mindfulness a beneficio del statu quo de los países donde se aplica. Esta meditación es la versión más reciente de una paradoja que se repite: un mensaje de libertad abducido por un entramado de dominación. Cuanto más se explicitan nuevas patologías sociales generadas (o al menos incentivadas) por la racionalidad imperante (estrés, depresión, ansiedad, adicciones), tanto más el sistema (laboral, institucional, cultural) desarrolla instrumentos adaptativos para que no disminuyan la buena conducta, la productividad y el rendimiento de empleados y trabajadores”. Para Silva, entre esos instrumentos de rescate se destaca el Mindfulness, “igual que hace cincuenta años tuvimos la meditación trascendental, urticaria que tal vez pocos recuerdan (el paralelismo me lleva a preguntar cuánto durará el avatar de ahora)”.

A fines de los 70, Kabat-Zinn impulsó, en el Centro Médico de la Universidad de Massachussetts, la Clínica de Relajación, luego devenida en la Clínica de Reducción de Estrés basada en Mindfulness, y desde allí irradió su programa hacia todo el mundo. “La meditación Vipassana, que aparentemente enseñó Buda Gautama, es un poco la base de lo que luego es el Mindfulness, que pasa a llamarse de esa manera cuando comienza a practicarse en Occidente, en círculos más relacionados con la ciencia. Hay diferencias entre la Vipassana y el Mindfulness, por supuesto: este tiene un componente más psicoeducativo, en relación a algunos temas como el estrés, la ansiedad, la percepción, el funcionamiento del cerebro –explica el psicólogo y coordinador del programa de Mindfulness de INECO, Martín Reynoso, autor también del libro Mindfulness, la meditación científica–. Además de no tener la rigidez y las exigencias propias de la meditación Vipassana que, por ejemplo, demanda la práctica en silencio”. Reynoso distingue que “hay aspectos controversiales: por ejemplo, existe una suerte de exaltación de los efectos positivos del Mindfulness, como si fuera una panacea para todo. Lo que realmente está más comprobado en las investigaciones y metaanálisis es que reduce el estrés, produce una mejora en la tolerancia al dolor crónico, y también en la calidad de vida, en la forma en que la persona se relaciona con los estresores; además, ayuda en la prevención de las recaídas en pacientes depresivos. De ahí en más está todo por verse y demostrarse científicamente”, aclara Reynoso, absteniéndose de una defensa fundamentalista, e insistiendo en que la ciencia no ha demostrado todavía que produzca resultados de alto impacto en pacientes con patologías psiquiátricas graves.

Asimismo, Reynoso aclara que más que una terapia, debe ser considerado como un programa psicoeducativo que ofrece técnicas para mejorar los problemas derivados del estrés o el dolor crónico. “Lo recomendamos como complemento a una terapia psicológica”, añade. Para practicarlo, alcanza con una colchoneta, no es imprescindible sentarse en posición de loto como en el yoga, y se requiere un instructor que guíe al practicante.

En términos generales, el programa MBSR desarrollado en EE.UU. tiene un protocolo de ocho encuentros grupales de dos horas cada uno, más una sesión adicional de profundización, y en cada sesión se desarrolla una práctica meditativa nuclear y el abordaje teórico de un tema, como por ejemplo “automaticidad versus atención plena” o “recuperación de la capacidad de estar en el presente y conectar con los sentidos”. Cumplidas esas ocho semanas, se le pide al alumno que practique al menos quince minutos diarios. Es lo que se llama meditación informal: llevar la atención plena a situaciones cotidianas como caminar o darse una ducha. Y también, la formal, que exige generar un espacio cotidiano para meditar y autogestionar la práctica.

En la Argentina, señala Reynoso, su aplicación en las escuelas y colegios se ha incrementado en los últimos años. También forma parte del entrenamiento de personal de corporaciones de medios y multinacionales de tecnología, bancos, del negocio del entretenimiento. Todos buscan en el Mindfulness la manera de optimizar el desempeño de sus empleados. En este caso, el espacio y el momento de la práctica varían según la decisión de cada empresa. “Lo primero que le decimos a quien nos contrata es que no se puede obligar a ningún empleado a hacerlo. Algunas firmas son proclives a que se practique en los momentos laborales, haciendo un corte para después continuar con el trabajo, mientras que en otros casos deciden hacerlo después de que se cumplió la jornada laboral”, grafica Badino.

Al respecto, Silva vuelve a ser lacerantemente crítico: “La lógica mercantil se somete a exigencias laborales, académicas y culturales que ayuden a que perdure una estructura desigual. Actualmente, tales exigencias se llaman productividad, competitividad, uniformización colectiva y a la vez extrema disponibilidad individual, todo ello en el contexto de la falsa conciencia de buscar libertad mientras, simultáneamente, acatamos los mandatos del consumo”. Y continúa: “Lo cierto es que Mindfulness y conciencia plena son términos que actualmente se divulgan como sinónimos, o al menos equivalentes. Ambos remiten a la palabra sati, de uso corriente en la antigua escuela budista Theravada. El médico Kabat-Zinn la escogió como resumen y finalidad de su invención”. Según Silva, en los 80, con apoyo de varias empresas y hospitales, Kabat-Zinn emprendió un programa orientado a la reducción del estrés laboral: combinaba consignas budistas con ejercicios de yoga y algunas ideas del zen, todo ello en el ámbito de protocolos paramédicos y “a la espera de la validación neurológica que fantasiosamente creen merecer”. Para Silva, esta disciplina consiste simplemente en observar pensamientos, imágenes mentales y emociones sin opinar, sin detener el flujo psíquico constante. Por lo tanto, no facilitaría una toma de conciencia de las raíces de los desajustes y conflictos, sino que funcionaría como una herramienta para acoplarse mejor a procesos nocivos. “Carece de diagnóstico del estado de cosas en que interviene. Por eso (se) engaña al presuponer que es el individuo el único agente (o el principal responsable) de lo que le ocurre. El Mindfulness interviene como herramienta para reciclar al trabajador y garantizar una actuación más eficiente en el engranaje productivo, aunque sin plantearse revisarlo”, resume, categórico, Silva.

En la misma línea, la escritora británica Ruth Whippman, autora del libro America, The Anxious, sostiene que “el consenso filosófico de nuestro tiempo es que la clave del contento radica en vivir mentalmente en el presente por completo. La idea de que deberíamos estar constantemente vigilando nuestros pensamientos del asedio del pasado y el futuro ha ganado peso entre líderes espirituales, banqueros, filósofos y burócratas, haciendo que ‘vivir en el momento’ haya convertido su encanto folclórico en un complejo industrial espiritual de miles de millones de dólares”.

En verdad, los números son contundentes y, sobre todo, impermeables a las diatribas de los detractores: solo en EE.UU., el Mindfulness generó ganancias por 1.190 millones de dólares en 2017, según la consultora de investigación de mercado IBISWorld. En la Argentina, tomar un programa de ocho encuentros cuesta alrededor de 10 mil pesos y el acto de meditar también tiene su vertiente editorial; existen numerosos autores dedicados a explicar los fundamentos del Mindfulness, aunque las cifras no alcanzan las proporciones colosales de otros países: la editorial Kairós vendió aquí alrededor de 5.000 ejemplares de libros dedicados a esta temática durante 2018, mientras que la editorial Paidós registró ventas durante el mismo período por 15.000 ejemplares. Penguin Random House señaló que el aproximado de ventas fue de unos 30.000 ejemplares de todos los títulos de Mindfulness de su catálogo, también para 2018.

En lo referente a cuánto dinero hay en danza alrededor de la enseñanza en centros argentinos, los consultados rehusaron aportar cifras. La referente de Visión Clara sostiene:“Esta es una medicina complementaria, y tanto ella como la medicina alternativa vienen mostrando un gran crecimiento en el mercado. Los valores de los cursos son accesibles y parte de esos ingresos se destinan a becas, programas en barrios carenciados, en cárceles y hospitales públicos. Es un compromiso de vida el que asumimos, pero también es cierto que empieza a ser una industria millonaria para quienes el primer objetivo es el dinero. Y cuando pasa esto, en el camino perdemos lo más importante, que es la persona que sufre”, puntualiza.

Libros de la temática hay de todo tipo y color y también hay numerosas películas y documentales y, mediante el teléfono celular se pueden bajar aplicaciones específicas de Mindfulness, que proporcionan principios básicos de la práctica y ejercicios para no quedarse solo en la teoría. Badino piensa que las aplicaciones “no reemplazan a la práctica presencial, porque no es lo mismo estar frente a una persona que ante una grabación”. De todos modos, reconoce que tras una resistencia inicial, ahora las valora positivamente porque les ofrecen una alternativa de práctica a quienes “no tienen tiempo para asistir a un encuentro, o viven lejos o están enfermos y no pueden salir de su casa, por lo que me parecen absolutamente válidas”.

Algunas cuentan con mayor número de adherentes que otras: las hay en distintos idiomas, con meditaciones guiadas gratuitas, otras que disponen de un método de suscripción que ofrece, por un monto mensual, acceso a distintas meditaciones temáticas. Un modelo destacado es la aplicación Calm, que en 2017 fue elegida por la empresa Apple como “la mejor aplicación del año”. Entre sus medallas, atesora contar con más de cuarenta millones de descargas en smartphones, y si bien es gratuita, se estima que un millón de usuarios abona 70 dólares al año para tener acceso a contenido Premium, lo cual demuestra que es mejor perder la paz interior que las exclusividades del status social. Además, las apps encarnan una rara paradoja: para desconectarse del enajenante ajetreo cotidiano, primero hay que conectarse al celular.

Pero, más allá de opiniones a favor o en contra, lo que cuenta es la experiencia en carne propia. Roxana Mateo, ex empresaria, practica Mindfulness desde hace tres años. “Logré bienestar emocional y físico. Hago foco en el presente, y así evito que mi cabeza se la pase deambulando por el pasado, o proyectada hacia situaciones del futuro que uno ignora cómo van a ser”. Cree que así consiguió calmar la ansiedad, desarrolló la capacidad de mayor aceptación hacia las cosas que le tocan vivir, sin juzgarlas. También, advierte que desplegó una mayor empatía y amabilidad hacia los demás y hacia sí misma. Para Roxana se trata, en definitiva, de una práctica consciente, que luego de un tiempo deviene en un estilo de vida o un estado mental, que busca el bienestar de la mente y el cuerpo. Lo cual, en los tiempos vertiginosos de la contemporaneidad, marcados por la hiperconectividad, la atención dispersa en múltiples tareas y la prisa injustificada (¿para llegar a dónde?), tal vez no sea poca cosa

Fuente: www.clarin.com

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Ileana Gionco

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