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Sociedad

Grandes historias de amor: Anita Perichon

En 1797, de repente se alborotaron los hombres y se escandalizaron las mujeres de Buenos Aires. Acababa de desembarcar una francesa de inquietante sensualidad. Se llamaba Ana Périchon y tenía 22 años. Había nacido en la isla Mauricio y venía con tres hermanos varones, además de sus padres, Esteban Périchon de Vandeuil -apellido de vaga resonancia nobiliaria- y Juana Abeille.

Tenía un marido, el militar irlandés Tomás O?Gorman, padre de sus dos hijos, Tomás y Adolfo. Pero O?Gorman no figuró en la vida de Anita en Buenos Aires. Antes de esfumarse del todo, permaneció casi siempre ausente, dedicado a actividades -el contrabando principalmente- que lo rodearon de un sólido desprestigio.

Seductora y educada

Los Périchon se instalaron en una casa de la calle de San Nicolás (hoy Corrientes), esquina con la de La Merced (hoy Reconquista) de la entonces capital del Virreinato del Río de la Plata.

Escribe Paul Groussac que “su elegancia estrepitosa daba realce a su belleza, ardiente y volcánica”. El exotismo de francesa la diferenciaba de las -entonces- pacatas porteñas. Y “brillantemente educada”, se hacía entender cómodamente en una “graciosa media lengua”, del mismo modo que escribía cartas con “letra elegante y giro suelto”. El padre, que había instalado un próspero negocio, murió al poco tiempo. Aunque heredó algunos bienes -entre ellos una quinta en las afueras-, Anita tuvo que moderar su tren de gastos.

Pasaron los años, empezó el siglo XIX y se produjo, en 1806, la invasión inglesa. Ocupada Buenos Aires, O’Gorman reapareció para ponerse bajo el ala del general William Carr Beresford, jefe de los invasores. Y, producida la Reconquista, se alejó para siempre del Plata, en uno de los barcos del comodoro Home Popham.

Un pañuelo al pasar

El 12 de agosto, cuando Santiago de Liniers avanzaba al frente de la columna de reconquistadores, Anita decidió iniciar su propia conquista. Desde el balcón, arrojó en dirección al jefe un pañuelo bordado. Liniers lo recogió en la punta de la espada, lo guardó en el pecho, hizo un saludo marcial y siguió su camino. El flechazo había dado de lleno en el blanco. Triunfante sobre los británicos y designado virrey, Liniers pronto se enredó en amores con la irresistible Anita. Al producirse la segunda invasión, ya entraba y salía de la casa de la calle de La Merced como cosa normal.

Los historiadores afirman que, antes de que entrara allí Liniers, la residencia de Anita era teatro de conspiraciones contra el sistema virreinal. Que tuvo amores con el tesorero Félix Pedro de Casamayor y con el espía inglés James Burke. Y por esta última, acaso se vinculó con el grupo fundador de la logia masónica “Independencia”. También patriotas como Juan José Castelli o Juan Martín de Pueyrredón habrían asistido a sus reuniones.

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“La Petaquita”

Sea como fuere, la relación con Liniers eclipsó todo lo demás. El flamante virrey era un hombre libre, dos veces viudo (primero de Juana Membielle y luego de Martina de Sarratea). Y en cuanto a Anita, era como si fuese libre, ya que nadie sabía si O?Gorman estaba vivo o muerto. Liniers era psicológicamente débil. Su carácter, para Groussac, era “una extraña mezcla de viril entereza y de ligereza algo pueril”. El hecho es que se entregó sin reservas a la fragante intimidad de su compatriota.

La llamaba “la Petaquita”, mientras el vecindario, menos cariñoso, la apodaba “la Madama” o “la Perichona” (apodo que curiosamente recordaba al de “la Perricholi”, mentada amante limeña del virrey Amat). No era capaz de negar nada a Anita, y se decía que, por su intermedio, se podían arrancar al virrey cargos, ascensos y favores. Circulaban además versiones, nunca comprobadas, de que Anita hacía negocios particulares con el contrabando.

Tragos y cánticos

Es de imaginar que la maledicencia de Buenos Aires llegó al paroxismo, frente a una relación llevada en forma muy poco discreta. Se murmuraba que en las veladas nocturnas con Liniers, Anita se venía con uniforme de coronel. Y que, entre trago y trago, entonaban cánticos patrióticos españoles modificando jocosamente su letra, para convertir en “mueras” los “vivas” al rey español y tornar en “vivas” los “mueras” al emperador francés. Así: “¡A la mierda, a la mierda, españoles!/ ¡Viva Napoleón!/ ¡Mueran el rey Fernando,/ patria y religión!” Desde la calle, indignados vecinos escuchaban enfurecidos semejantes tiradas, que resonaban nítidas en el silencio de la ciudad desierta.

El alcalde Martín de Alzaga era quien más odiaba a la desenvuelta joven. En cartas a España, aseguraba que el amorío con Liniers era “el escándalo del pueblo”, y que “la Madama” utilizaba carruajes y escoltas oficiales para desplazarse. Esto además de afirmar, sin titubeos, que su casa era centro de negocios fraudulentos y refugio de espías.

Destierro al Brasil

En 1808, como se sabe, la princesa Carlota Joaquina de Portugal, hermana de Fernando VII e instalada en Río de Janeiro, aspiraba a reinar también sobre el Río de la Plata. Con ese propósito desenvolvió una vasta madeja de intrigas, descripta por los historiadores en muchos libros. Alguien dijo a Carlota que si Liniers no se le sometía, era por instigación de “la Perichona”. Entonces -enviado por el jefe de la escuadra inglesa anclada en Río de Janeiro- volvió a Buenos Aires el antiguo amante de Anita, James Burke, encargado de sacarla del medio y complacer así a Carlota. Aunque no funcionó la gestión, Burke, antes de volver a Río, la denunció ante Liniers como conspiradora contra Fernando VII. Al virrey ya le resultó imposible seguir protegiendo a su amante. No tuvo más remedio que ordenar el destierro de Anita, con toda su familia, a Río de Janeiro. Pero, en esa capital, la desterrada se mantuvo activa.

Como lanzadera

En su casa de Río recibía a argentinos independientistas exiliados, a la vez que seguía desplegando su poderosa seducción. Cuando logró enamorar al circunspecto embajador británico en Río, Lord Strangford, estalló la indignación celosa de Carlota. Se puso en contacto con el embajador de España, marqués de Casa Irujo, y logró que “la Perichona” fuera deportada a Buenos Aires, en diciembre de 1809.

Pero Baltasar Hidalgo de Cisneros, quien había sustituido como virrey a Liniers, no quiso recibirla, por lo que regresó a Río de Janeiro en abril de 1810. Otra vez se enfureció Carlota y volvió a remitirla a Buenos Aires. Así, dice Groussac, “durante más de un año estuvo yendo y viniendo como lanzadera, entre los dos países, a bordo de los buques ingleses”.

Pero en este último envío, ya Cisneros había sido derrocado por la revolución del 25 de mayo, y la Primera Junta quiso ser más tolerante.

Autorizó, en una resolución, que “madama O?Gorman pueda bajar a tierra”, con “la precisa calidad de no fijarse en esta capital, sino transferirse a su chacra, donde deberá guardar la circunspección y retiro que le encarga el gobierno y que observará por sí mismo”.

La pena de Liniers

Meses antes (26 de agosto), la junta había dispuesto fusilar a Liniers, como jefe de la contrarrevolución de Córdoba. Piensa Groussac que, desde que tuvo que separarse de Anita, el jefe de la Reconquista quedó terriblemente herido. Estaba “desvanecida la ilusión que le trajera un minuto de olvido, felicidad suprema del que ya no puede ser feliz”. Y lo peor fue que, al ser amor de la madurez, estaba obligado, “como las heridas de punzón, a sangrar por dentro”.

Así, acaso entre sus pensamientos de Liniers previos a la ejecución de Cabeza de Tigre, apareció en algún momento el rostro perdido y adorado de Anita. Ella tenía “esa gracia ligera que ahuyenta las tristezas del hombre”, y “la seducción suprema que todo lo absuelve o atenúa”.

No se sabe si alguna vez el fantasmagórico marido O?Gorman regresó a Buenos Aires. Al parecer, Anita residió sola en la quinta con sus hijos y sus esclavos. Ya estaba escarmentada de intrigas y amoríos, y prefería pasar inadvertida. Poco a poco, también los porteños fueron olvidando aquellos escándalos de tiempos lejanos. Había demasiados sucesos nuevos y graves para atender.

Los últimos años

Sus dos hijos se casaron. Tomás lo hizo con Concepción Riglos y Lezica, y Adolfo con Joaquina Ximénez Pinto. Por otro lado, uno de los hermanos de Anita, Juan Bautista Périchon de Vandeuil, curiosamente se casó con Rosario Liniers Sarratea, hija del virrey: serían los abuelos, por ejemplo, del ilustre José Manuel Estrada.

En cuanto a Anita, murió en Buenos Aires el 1 de diciembre de 1847, a los 72 años: el doctor Antonio Argerich firmó su certificado de defunción. No podía sospechar la

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Ileana Gionco

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