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Turismo Viajes

Cinque Terre, magia italiana que enamora

La leyenda cuenta que en 1970 Rick Steves, un escritor de viajes norteamericano, estaba recorriendo la costa de Liguria y se animó a llevar su trekking a otro nivel: caminó hasta el extremo de una montaña empinada que bordeaba el mar y, a punto de pegar la vuelta, se asomó a espiar el paisaje que había del otro lado del precipicio. Así, casi de casualidad, descubrió las cinco tierras. El flechazo del amor por estos pueblitos secretos lo obligó a escribir sobre ellos en sus guías de Italia y, desde su publicación, no pararon de desembarcar viajeros de todo el mundo a este rincón (ya no tan) escondido de La Spezia.

Estos famosos pueblos medievales están construidos en medio de unas terrazas naturales entre senderos de piedra que bordean el mar. Cada uno de ellos es diferente y tiene su propia magia (¡y hasta su propio dialecto!), y están conectados a través de una línea de tren del siglo XIX que atraviesa los túneles por debajo de la montaña o por agua, con los taxi boats que salen desde los puertos cada dos horas.

Monterosso  al Mare

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Está ubicado en el centro de un golfo natural y es la única de las cinco tierras que cuenta con playas (grandes) de arena. Podés alquilar una sombrilla y dos reposeras desde unos $20 o tirar la lona en la playa pública que está al final de la costa. El chapuzón en el mar de Liguria es clave para recorrer el old town como nueva o para refrescarte después de una súper caminata hasta el antiguo convento de los capuchinos. Monterosso también es famoso por su grappa (podés degustar unas copitas en Buranco, un viñedo orgánico), sus limoneros (¡vas a encontrar limones gigantes por todos lados!) y sus aceitunas (un must a la hora del aperitivo).

Vernazza

Es el preferido por los viajeros bohemios: hay músicos y artistas callejeros, un bar de poetas, una torre con un reloj que hace sonar las campanas cada atardecer y una calle principal, Via Roma, que va a entretenerte con su vida local en movimiento. El hot spot es la Piazza Marconi, con cafecitos entre árboles y sombrillas de colores. El puerto es el único natural de las cinco tierras y el preferido para nadar, practicar stand up paddle o remar con el kayak mar adentro. La vista más linda (¡y la mejor foto!) la conseguís enfrente de la iglesia de Santa Margherita di Antiochia, desde el balcón de piedra que está a la salida de la heladería del puerto. Animate a charlar un rato con los locales sentados en los bancos del camino: son muy amables y siempre tienen lindas anécdotas.

Corniglia

Es la tierra más tranquila y la menos visitada por los viajeros. También es la única de las cinco que no tiene acceso directo al mar, sino que el pueblo está ubicado sobre una colina a 100 metros del agua. El toque diferente se lo dan los viñedos y los árboles de olivos que rodean los caminos angostos. Para llegar al centro hay que bajar desde la estación de tren por el Lardarina, una escalera de ladrillo con ¡377 escalones! Aunque Corniglia no ofrezca muchas opciones gastronómicas o culturales, sí va a sorprenderte con su secreto mejor guardado: sus calas. Aunque no es fácil llegar porque hay que bajar muchísimos escalones entre la montaña (siempre siguiendo las señales que dicen “Mare”), el agua de sus playas escondidas es la más transparente de todo el Parque Nacional. ¡Vale la pena el ejercicio extra!

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Manarola

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Es el pueblo más histórico de La Spezia y uno de los preferidos por los amantes de Cinque Terre. Si preguntás qué es lo que hay para ver en Manarola, te van a responder: ¡Manarola misma! El sendero sobre la montaña que une esta tierra con la de Corniglia es el más lindo de los cinco y tiene un balcón panorámico con vista a los cientos de casitas manarolesas que asoman al mar. Si querés sumarle algo de adrenalina a tu recorrido, no te olvides la bikini y animate a saltar al agua desde la roca del puerto. Es un spot perfecto para las fanáticas del cliff jumping. Eso sí, preparate para el show: los viajeros menos arriesgados son los que alientan, aplauden y filman los saltos desde el otro lado del puerto.

La calle central se llama “Via di Mezzo” y está repleta de bares, heladerías y negocios de artesanías y diseños locales, como túnicas en crochet o peces de cerámica pintados a mano. La noche de Manarola es ideal para disfrutarla desde las terrazas del puerto con unas copas de sciacchetrà, el vino local, y el dolce far niente de mirar la luna, su reflejo en el agua y las luces de las casas que empiezan a iluminar en dominó la oscuridad marinera.

Riomaggiore

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Es el pueblo más oriental y uno de los más empinados (¡preparate para la subida de la vuelta!). El puerto es una de las postales preferidas por miles de viajeros: hay un muelle que desemboca en una porción de agua muy angosta entre rocas, barquitos pesqueros y casas de colores. Si llegás en tren, no te pierdas el túnel que va desde la estación hasta la calle central, hecho con mosaicos de colores que simulan el fondo del océano. La mejor hora para visitar esta tierra es al atardecer y la parada obligada es en el bar y restó A Pie’ de Ma’, en su balcón rústico que está sobre el punto más alto de Riomaggiore, con una tremenda vista al mar. Más romántico, ¡imposible!

Otros spots que no podés dejar de visitar son la Iglesia de San Juan Bautista y el Castillo de Riomaggiore, en la parte más alta de la ciudad.

Sabores italianos

Focaccia: un pan suave y esponjoso con aceite de oliva, sal gruesa y romero. La mejor (¡y la más famosa!) está en La Cambusa, sobre la calle central de Manarola.

Spaghetti Pomodoro: no te vayas de Riomaggiore sin sentarte a comer un buen plato de pastas con tomate fresco, albahaca y parmesano en Dau Cila.

Cappuccino: el mejor cappuccino de Cinque Terre lo sirven en Ananasso Bar, en la plaza del pueblo de Vernazza. Viene con un toque de chocolate y una firma personalizada; la más pedida es la de “bésame mucho”.

Gelato: imposible estar en tierra italiana y no tentarte con sus helados. El que lidera el ranking de las cinco tierras es el de Alberto Gelateria, en el pueblo de Corniglia. Son riquíiiiiisimos y, además, 100% naturales, veganos y gluten free. El de limón y albahaca es imperdible.

 

 

 

 

Fuente: Sofia Stavrou para La Nación.

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